Inventario: para acercarse a...


"El libro enriquece igualmente la soledad y la compañía... La vida muere, los libros permanecen."

Los trabajos y los días. Obras completas IX, 296





INVENTARIO: PARA ACERCARSE A REYES

José Emilio Pacheco

Puntos de partida, tareas de un centenario, aprovechamiento de la oportunidad única de conocerlo o releerlo. La empresa lleva la recompensa en su ejercicio. Alfonso Reyes siempre resulta grata compañía. Leerlo nos hace bien. Pero nunca imponernos su lectura como una obligación cultural sino como un placer. Olvidarse por un momento de los elogios y las diatribas que suscitado en otros tiempos y otras circunstancias. A fin de cuentas nada de esto importa demasiado: la lectura es una conversación a larga distancia pero de persona a persona. Como dijo su amigo Borges de su mutuo maestro Wilde, Reyes "es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del lector, pues el agrado que proporciona su trato es irresistible y constante".

 

1. LA TRAGEDIA GRIEGA

Dentro de pocos años los escritores del siglo XXI se reirán de nosotros, los estúpidos vigesémicos, porque al escribir sobre Reyes siempre tuvimos que hacerlo a la defensiva.
Incluso a estas alturas es grotesco vernos obligados a justificar que Reyes se ocupara de Grecia. Como si hoy no tuviéramos un agradecimiento siempre renovado por quienes abren ventanas y tienden puentes para comunicarnos con otras literaturas que sus ensayos y traducciones vuelven parte de la nuestra.
Escribió otro amigo y contemporáneo suyo, Arnold J. Toynbee: las experiencias históricas de los griegos son análogas a las que estamos pasando: guerras, luchas de clases, encuentros culturales a quemarropa entre pueblos con definidas y diferentes herencias sociales, atrocidades y actos de heroísmo. Reyes no se alejó de su aquí y ahora: le presentó un espejo lejano.
Luis Cernuda lamentó la ausencia de Grecia en la cultura española. Por razones de cristianismo contra paganismo y de moralidad sexual nos privaron de Grecia como nos despojaron de la Biblia para impedir el contagio protestante. Reyes intentó compensarnos de la primera omisión. En los veintiún tomos publicados de sus Obras Completas (1) hay seis dedicados a Grecia. Bastaron para que entrara en la leyenda como el señor que nunca se ocupó de México y estuvo todo el tiempo hablando de los griegos.
Por los demás, siempre se refirió a su país, lo mismo en Ifigenia cruel que en el más hermoso de sus libros del retorno, Junta de sombras. Acusarlo por hacer nuestro el patrimonio de la humanidad es como censurar a Freud por haber hablado del complejo de Edipo en vez del complejo de Hansel y Gretel o el síndrome de Lorelei. Por ejemplo, "En nombre de Hesíodo", un ensayo de 1941, es una advertencia contra la simpatía por los nazis muy extendida en el México de entonces.
El helenismo de Reyes resulta un fenómeno mucho más complejo de lo que sueña nuestra historiografía literaria. Responde tanto a la utilización carnavalizadora de la mitología por los modernistas como a la moda inglesa del otro fin de siglo. Para estudiar a la generación del Ateneo es indispensable el libro de Frank M. Turner The Greek Heritage in Great Britain (Yale, 1981).
Dentro de México esta labor de Reyes se vuelve parte tanto del proceso de secularización tan brillantemente estudiado por Rafael Gutiérrez Girardot, como, por contradictorio que parezca, del afán de recuperar la tradición humanística interrumpida por el positivismo. En su afán de sajonizarnos y hacer que alcanzáramos la ciencia y la técnica la enseñanza positivista redujo los estudios de griego y latín a la clase de etimologías.
Al establecerse aquí después de casi treinta años de exilio y diplomacia Reyes no quiso competir con nadie y de sus intereses juveniles eligió la afición de Grecia. Ernesto Mejía Sánchez insiste en que es modestia la afirmación de Reyes al comienzo de su Ilíada: "No leo el griego: lo descifro apenas". Que nuestro helenista no supiera griego sería una paradoja más de la cultura mexicana, semejante a la que obliga a quienes contraen matrimonio a escuchar la Epístola de Melchor Ocampo, un prócer que ni como hijo ni como padre conoció esa institución. Pero no está reñida con la idea de Reyes: la literatura se dirige a la persona humana como tal, no en cuanto a especialista.
Sea cual fuere su conocimiento del griego y del latín, Reyes, el escritor laico y liberal por excelencia en una tradición tan caótica como la nuestra, no podía competir en este campo con quienes se formaron en los seminarios. Nunca se ha puesto por escrito que su archienemigo fue el padre Angel María Garibay. Nuestra gratitud infinita por el padre Garibay no puede cegarnos ante el hecho de que ni en sus tradiciones nahuas ni griegas logró escribir un castellano siquiera aproximado al de Reyes. En un mundo perfecto hubiera habido un traductor que supiese tanto griego y latín como Garibay y escribiera en su lengua materna como Reyes. En otro menos belicoso que el nuestro ambos hubieran colaborado para darnos en español grandes versiones de la tragedia griega y la poesía náhualt.
La misma disputa entre la secularización y la Iglesia católica como el refugio de la tradición clásica está presente el texto más conflictivo de Reyes, "Discurso por Virgilio". Christopher Domínguez Michael en uno de los mejores ensayos que ha generado hasta ahora el centenario ("Alfonso Reyes y las ruinas de Troya" en "Rumbos de Reyes", es el número especial de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica) considera el "Discurso" como "el platillo que Reyes sacó de su cocina para el banquete nacionalista y estatólatra de los años treinta".
Virgilio cumplió veinte siglos en el momento en que México acababa de salir, con noventa mil habitantes menos, de la brutal guerra cristera. El cristianismo se apropió de Virgilio y lo hizo heraldo de la llegada de Cristo. El Latín era la lengua eclesiástica. A Reyes no le quedaba sino un ardid que hoy nos parece un exceso señorpresidentista (aunque en realidad se dirige no a Ortiz Rubio sino al Jefe Máximo Calles) para llegar a la afirmación clave del ensayo: "Quiero el latín para las izquierdas porque no veo la ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas".

2. EL AHUEHUETE Y EL BONSAI

Hace muchos años, al reseñar en esta misma página, el Diálogo de los libros, se comparaban las obras de Reyes y Torri respectivamente al ahuehuete y el bonsai. Ahora el bonsai está en muchas casas y el ahuehuete, "viejo del agua", ha desaparecido porque su existencia dependía de un medio lacustre que se perdió para siempre.

El autor que ha escrito bien una obra que consta sólo de dos o tres libros breves y portátiles tiene todas las de ganar frente a su compañero que escribió, no menos bien, un centenar de libros que ocupan varios metros de estantería y pesan veinte o más kilos. ¿Dónde encontraremos el espacio y el tiempo para leer a Reyes? Si lo sentimos como una obligación cultural, la ansiedad que esto nos produce hará que acojamos como una bendición toda condena y cualquier sarcasmo liberador. Volver a Reyes una estatua de sal, de mármol o de bronce es una invitación a orinarse en el pedestal. Con ello nos sacudimos los cuatro metros y los veinte kilos, sí, pero también nos perdemos muchos placeres y enseñanzas posibles.
Desde que en el siglo XVIII apareció la literatura como institución sólo hay dos modelos para medir el triunfo de un escritor: es Goethe (o Víctor Hugo o Tolstoi o Balzac o Dostoyevsky) o es Rimbaud: "Di tu palabra y rómpete", La Obra con mayúscula, a la europea, o El Libro, también con una mayúscula, a la norteamericana.
Reyes no cabe en ninguno de estos esquemas y también lo afecta la distancia entre la promesa que es infinita y abstracta, y la realización, que es limitada y concreta por amplios que sean sus horizontes; el abismo que media entre la página en blanco en que todo es posible y la página escrita, llena de tachaduras, errores y correcciones.
No cabe porque no es un escritor europeo ni estadounidense sino mexicano. Sólo es posible entenderlo como un producto de nuestra historia y nuestra sociedad. No es André Gide ni Edmund Wilson sino el hijo pródigo del porfiriato y la revolución. A quien dice: "Muy bien, quiero leerlo. ¿Por dónde empezar?", hay que contestarle: Empieza por donde quieras, lee lo que te interese, considera las obras de Reyes una enciclopedia o un periódico que nadie te pide que leas de principio a fin.

3. La Ilustración mexicana

La enciclopedia y el periódico: los medios de expresión del siglo XVIII, el siglo que no tuvimos, la Ilustración que nos faltó. A sabiendas o no Reyes intentó reparar lo que perdimos cuando a fines del XVI fue suprimida la enseñanza de la cultura europea a los indios en el colegio de Tlatelolco, porque la asimilaron tan bien que no tardaron en corregirle su latín a los frailes, y cuando Clavijero no pudo terminar su Enciclopedia Mexicana y tuvo que publicarla resumida como su gran Historia antigua de México.
Así, tanto la aparente dispersión de Reyes como su deseo de unidad manifiesto en las útiles y opresivas Obras completas se entienden al considerar que cada libro y cada artículo son fichas para esa imposible e indispensable enciclopedia imaginaria. Gutiérrez Girardot lo ha visto con claridad deslumbrante: América no podía ser América Latina si antes no se apropiaba de la cultura europea. En este sentido Reyes continúa el trabajo de los modernistas y es el más universitario de nuestros autores: casi todo su trabajo consistió en poner en práctica el deber que Justo Sierra asignó a la Universidad Nacional: mexicanizar la ciencia, nacionalizar el saber.
Es, como decían en su época, un fragmentario porque vio en el periódico el libro del pueblo, la extensión de las aulas, el medio de compartir y democratizar lo que hasta entonces había sido privilegio de unos cuantos. Reyes, el más grande periodista de la lengua española, no escribió novelas. Pero ¿cuántas novelas de 1918-1922 pueden leerse en 1989 con el placer que deparan sus artículos de, digamos, Simpatías y diferencias? "No soy enemigo de los géneros", decía Pedro Henríquez Ureña. Las brevísimas notas que al final de su vida reunió en los dos tomos de Las burlas veras valen más que muchas obras serias y presuntuosas de ese período.
Junto a Reyes "menor" y encantador que sembró no un bonsai sino un bosque de bonsais ocultos en la maleza de las Obras completas, hay el académico capaz de hacer libros unitarios tan rigurosos como El deslinde, La antigua retórica, La crítica en la edad ateniense. ¿La Universidad desaprovechó a Reyes? (Por lo demás, gran conferencista, el primero que aplicó en México la fórmula de Ortega y Gasset para no matar de tedio al auditorio: "Sea usted histrión"). No, porque su ámbito no era el aula ni el cubículo sino el café, la redacción y el salón. Reyes no es un magister sino un conversador. Su obra es una conversación interminable que escuchamos con los ojos, como en el verso de Quevedo.
Reyes tuvo la fortuna de presidir la República de las Letras, esa república que no por intangible deja de tener su poetariado y su poetburó e inclusive su hampa y sus escuadrones de la muerte, cuando existían Guzmán y Vascocelos, Azuela y González Martínez para no dejarlo solo y balancear su peso. Antiautoritario por excelencia, a falta de parlamento y elecciones nos dio la prensa y la tertulia.

Fue como Sócrates el dialoguista, el suscitador, el interrogador que nos obliga a tomar conciencia de nosotros mismos y a pasar por la razón todos nuestros impulsos. Sea o no el mejor prosista de la lengua española, como quiere Borges (Dámaso Alonso le da el título a Martín Luis Guzmán, hoy tan presente en El general en su laberinto), hasta en la más trivial de sus notas redime a Reyes de la insignificancia su gracia en el sentido casi teológico del término.
Alfonso Reyes no quiso ser más ni menos que escritor. Su herencia civil es de primer orden y en este punto cualquier homenaje se queda corto: inventó para nosotros una prosa en que podemos conocer el mundo, pensar el mundo, explicarnos el mundo. Una prosa siempre en movimiento que nunca se detiene y jamás se estanca y es y será siempre modelo inimitable de precisión, concisión, suavidad y en primer término naturalidad. Como dijo Octavio Paz hace cuarenta años, al enseñarnos a escribir nos enseño a pensar.

 

(1) (Nota del editor). En años posteriores a la publicación de esta nota se imprimió hasta el tomo veinteseis de las Obras completas.

Proceso, México, No. 655 (22 mayo, 1989) pp. 46-47



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